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La sala Arena, referencia en Valencia, cerró sus puertas en 1999. Foto: Natalia Díaz Martínez.

Auge y caída de la Ruta y el sonido de Valencia

La Movida Valenciana empieza a quitarse el estigma de la droga 30 años después.

Texto: Pablo Serrano, Beatriz Badenas y Violeta Cortijo
Fotografía: Natalia Díaz Martínez

De los Smiths (rock) a Snake Corps (post punk). De Anne Clark (dark wave) a Sisters of Mercy, y de Front 242 (EBM) a las producciones fantasma de Germán Bou. Así de ecléctica y variada fue la ‘Ruta Destroy’ o ‘Movida Valenciana’, nombre por el que se la denominaba antes de que cayera sobre ella ese estigma asociado al consumo de drogas que se ha mantenido como imagen negativa en el imaginario colectivo.

Solo ahora, entre 20 y 30 años después, empieza a quitarse esa marca. Existe cierto clima en los medios, aquellos precisamente señalados por los ruteros por transmitir en su día una imagen sesgada de lo que fue la escena, de poner en valor el carácter pionero que Valencia protagonizó durante la década de los 80 y parte de los 90.

Dos apasionantes etapas musicales en las que se produjo una evolución en el sonido mientras el cambio generacional popularizaba un ocio entonces novedoso.

El país aún venía de discotecas con música para bailar en pareja, disco, funky o rumba. Sin embargo, en los primeros 80 confluyen varios factores para que unos pocos dueños de salas, como fue el caso de Carlos Simó con Barraca, apostaran por un sonido diferente.

Con la filosofía de que para escuchar radiofórmula se podía ir a cualquier sitio, varias salas y clubes de Valencia apostaron por una música más moderna, de guitarras y sintetizadores, que rompía esquemas con la música nocturna anterior. Con esta apuesta de los dueños de los clubes y el propio gusto musical de DJ y promotores, empezó a gestarse algo grande.

Tan grande que atrajo a estas salas de conciertos a gente como Soft Cell o Killing Joke, grandes del synth pop y del post-punk, respectivamente. Algo inédito por la costumbre musical anterior y aún más porque en sus países de origen no llenaban salas tan grandes como las valencianas.

Gente como Simó compraba música de fuera o intercambiaba discos con los extranjeros que llegaban en verano, como había pasado una década antes con los discos que traficaban los militares estadounidenses de la base de Rota. Se estaba gestando una explosión cultural que se extendería por la ciudad del Turia y otras poblaciones de la provincia como El Perelló, Pinedo, Ribarroja o Sueca.

Fue una etapa en la que surgieron varios movimientos o zonas neurálgicas en las que se vertebraron unas tendencias musicales comunes a lo largo del Estado. Ahí está el Rock Radical Vasco (otro nombre acuñado por la prensa y que daría para debate), la Movida Madrileña o, en este caso, la Movida Valenciana. El foco mediático positivo estuvo una vez más centrado en Madrid.

El veterano DJ José Conca, residente de la sala Chocolate y uno de los más relevantes y longevos DJ de la Movida Valenciana —como él la denomina—, apunta que, en los medios, la Movida Madrileña se trató más como un momento de efusividad y de euforia colectiva que para nada fue estigmatizado, pero no pasó lo mismo con la valenciana. “En ambos sitios hubo una explosión de libertad y, además, lo nuestro fue musicalmente más interesante porque era nuevo, pero no se trató igual”, apunta.

“En los 80 y principios de los 90 estábamos poniendo la mejor música que se pinchaba en el planeta”, presume el residente de Chocolate

Precisamente la sala Chocolate fue el reverso oscuro y sintético de Barraca, la sala pionera. A ellas se sumaron pronto otras discotecas que se convertirían en templos de esta cultura, como Puzzle, A.C.T.V. o NOD. “En los 80 y principios de los 90 estábamos poniendo la mejor música que se pinchaba en el planeta”, presume el residente de Chocolate. Añade que “ahora en todo el mundo se escuchan los mismos temas. La Ruta fue algo más local, que salía de aquí. Los DJ fuimos los que pusimos Valencia en el mapa entonces”.

En poco tiempo quedó configurada toda una red de clubes a través de 40 kilómetros de la carretera de El Saler. Una ruta que permitía alargar la fiesta de viernes a domingo ininterrumpidamente, con una legislación más laxa con los horarios que la actual. Los ruteros podían entrar a una sala un viernes por la noche, salir el sábado al mediodía e ir a otra que abría esa misma tarde.

Así es como podían enganchar hasta 72 horas de fiesta, la ‘Ruta Destroy’. Y aquí tienen un peso relevante los DJ, ejecutando sesiones de bastantes horas, algunos incluso de 16, como Fran Lenaers, una de las piedras de toque de la ruta. Él fue quien empezó a mezclar sin entrar al corte —mezclando un disco con otro a salto de mata—. Buscaba una armonía, una sincronización entre un tema y otro. A su gran técnica había que sumar su bagaje musical, el cual demostraba en la pista de baile —primero en Spook, luego en A.C.T.V.— pinchando desde música de guitarras de la época hasta post-punk, pasando por la EBM.

El edificio de la discoteca Puzzle, en Sueca (Valencia). Foto: Natalia Díaz Martínez.

El edificio de la discoteca Puzzle, en Sueca (Valencia). Foto: Natalia Díaz Martínez.

Durante estos años de descubrimiento, como pasó en cualquier otro momento musical histórico, hubo nuevas experiencias recreativas con las drogas. Ahí es donde entró la mescalina, una de las sustancias más consumidas en aquellos tiempos “y que pegaba muy bien con el tipo de música del momento2, según apunta Rafa Cervera, autor del fanzine Estricnina, quien vivió la Ruta desde 1981 hasta 1988.

Cervera destaca también ese buen rollo al que hacen referencia hoy los ruteros veteranos: “Había espíritu de pasarlo bien. Era el momento, se daban las circunstancias. Había gente haciendo música, cómics, abriendo bares, pinchando, diseñando ropa, escribiendo”. Sin embargo, Cervera también critica que “todo eso estaba, pero de alguna manera no se mezcló lo suficiente como para que cristalizara en algo que fuera más allá de lo festivo. Todo quedó deslavazado”.

José Luis Rosell, locutor en aquellos años del programa Cementerio putrefacto, de Ràdio Klara, bajo el alias de HAL 9001, explica cómo trató de llevar a la radio el ambiente musical de La Ruta: “La idea era agrupar la música que se pinchaba y escuchaba en Valencia: Siouxsie and the Banshees, The Cure, Killing Joke, New Order, The Cramps… El programa siempre mantenía una base oscura empezando por su propio nombre y nuestra inolvidable sintonía de Clan of Xymox”.

Rosell conseguía la música a través de la tienda Import Records o de algún amigo que iba al extranjero: “Intentaba que la gente conectase con esa música que no se escuchaba en ninguna emisora comercial, una extensión de lo que se escuchaba el fin de semana”, recuerda.

Esa cultura de club entró en expansión y llegó a la provincia de Alicante, como recuerda José Rives, uno de los DJ de referencia de la Ruta. “Todo se extendió por nuestra zona con salas míticas como Mama Luna [Elda], pionera en la new wave; Spit —Schizophrenic Dance— o Maná Maná [estas dos últimas en Santa Pola], con un sonido más ‘de culto’. Ahí empezaron a sonar muchísimos grupos que luego fueron leyenda, como Bauhaus, Sisters of Mercy, The Cult, Anne Clark…”.

En esta zona siguió la apertura de nuevas salas, como Límite (Santomera), Central Rock (Almoradí), Metro Dance Club (Bigastro) o KKO (Torrevieja). En Valencia, las salas, atravesadas por el aumento de público, buscaron alternativas para que la gente estuviera más tiempo, y algunas permitieron incluso que se hicieran paellas en el exterior, otra muestra de los efectos de cohesión social y popular que hubo en la Movida Valenciana. Ahí nació el ‘parkineo’, que prácticamente se convirtió en una extensión de la sala.

El aumento de popularidad de la Ruta y la peregrinación, los fines de semana, de jóvenes de todo el país, e incluso de autobuses que llegaban de países vecinos, despertaron el interés de los grandes medios, que vieron con recelo el hedonismo en el que se sumergían miles de jóvenes durante todo el fin de semana —aunque lo de estar 72 horas sin descanso no fuera algo generalizado—.

La Ruta fue relacionada incluso con el crimen de Alcàsser, ya que las víctimas hicieron autostop para dirigirse hacia los clubes. Conca apunta que los medios influyeron negativamente: “Empezó a venir un público con una idea distorsionada y diferente de lo que había. Era lo que estaban vendiendo y su efecto era casi publicitario”. Relata que, como consecuencia, la música se adaptó, cambió y se tuvo que bajar el nivel. “Nosotros nos dedicábamos al público y adaptábamos la música a él. Tú puedes aportar algo, pero si la discoteca se vacía te van a echar”, prosigue.

Esta electrónica de BPM —pulsaciones por minuto—, más acelerada en contraposición a la new wave o la EBM que se escuchaba, trae consigo una nueva generación de ruteros y también una nueva droga, el éxtasis —de ahí el famoso “Así me gusta a mí”, de Chimo Bayo—.

Según señala Conca, “muchas personas no se drogaban o solo bebían alcohol. La gente buscaba en la ruta una forma de liberación de la rutina y cada persona lo hacía a su manera, no había unas pautas de ocio marcadas”. No obstante, el cambio de dinámica fue evidente: llegó ‘la Ruta del Bakalao’, el término acuñado por los medios.

“La fiesta no era lo único que había y la gente trabajaba entre semana y llevaba una vida normal. Nadie hacía mal a nadie. Yo tenía una peluquería y trabajaba de lunes a sábado”

“A mí La Ruta se me murió cuando murió Heaven, en agosto del 96”, confiesa Mayte Serrano, una rutera que ahora se dedica, entre otras cosas, a montar eventos remember, en los que se dan cita muchas de aquellas personas que vivieron la efervescencia de los 80.

“La fiesta no era lo único que había y la gente trabajaba entre semana y llevaba una vida normal. Nadie hacía mal a nadie. Yo tenía una peluquería y trabajaba de lunes a sábado. Algunos lunes iba de empalme, pero nunca se me quejó ninguna clienta”, asegura orgullosa. “Recuerdo que, cuando llegaba el sábado, abría la peluquería para peinar y maquillar a mis amigas y luego nos íbamos a los pubs y a las salas”, añade.

“La diferencia del rollo antes de que se masificara la Ruta fue que, al principio, surgió porque una nueva generación de gente buscaba otra forma de pasárselo bien y otra música que escuchar”, sentencia Conca. Personalmente, señala que se sintió bastante mal porque los medios no acudían a él o a otros compañeros: “Querían vender que la gente se ponía ciega, se tiraba tres o cuatro días sin dormir y se drogaba de manera incontrolada. Lo que hacían era sensacionalismo. Iban directamente al párking de la discoteca y, de las 3.000 personas que había, siempre coincidía que entrevistaban a las que encajaban en un perfil más morboso mediáticamente. No se preocuparon en ningún momento por la diversidad de personas que acudía allí, ni si aquello se trataba de un fenómeno cultural, ni trataron de comunicarse con los artistas que hacíamos que aquello fuera posible”.

Tampoco el estereotipo estético popularizado por la televisión refleja la heterogeneidad que existió en la movida. “Estaban los mods, con sus botas y chaquetas negras, los rockeros, skins, punks, heavys… Los veías. Pero esto también era anterior, desde el ochenta y pico al 92. Luego ya no. Esa gente que iba más de su rollo, en su forma de vestir y de pensar, a partir del 93 desapareció y llegó gente con otro aspecto, más estilo cabezas rapadas, oro… Estos son los que después llegan a Catalunya y empiezan con el makineo”, explica Mayte.

Amparándose en la siniestralidad en las carreteras, las autoridades aumentaron los controles en las vías y fueron más estrictas con los horarios de las salas. Conca incluso recuerda que había controles con pinchos en la carretera y Guardia Civil con pasamontañas y metralletas: “Evidentemente no era necesaria tanta demostración de poderío, era nada más para disuadir a la gente de que fuera a las discotecas”.

Además, la música empezaba a bajar de calidad. De hecho, en 1991, por ejemplo, Cementerio putrefacto deja de emitir: “Se notaba el cambio en la tendencia de la música. Faltaba originalidad, eran sonidos compactos y acelerados que son los que, salvo honrosas excepciones, han llegado hasta la actualidad. En mi programa yo seguía pinchando el mismo estilo de música, los mismos grupos… Las nuevas tendencias no eran de mi gusto y llega un momento en el que te das cuenta de que es mejor dejarlo con buen sabor de boca por lo que fue”, señala Rosell.

Ese compendio de factores erosionó lo construido durante años y, poco a poco, empezaron a cerrar salas. Algunas intentaron renovarse, siguiendo la trayectoria con electrónica más acelerada y agresiva, como el hardcore, como pasó en Central, ya sin el ‘Rock’ en el nombre. Pero el declive era evidente. “Lo que había sido una bonita historia de cultura musical se convirtió en algo muy diferente y oscuro”, recuerda Rives. No obstante, para Cervera, “la Ruta del Bakalao de los 90 fue una industria, no un fenómeno cultural. Alrededor de esa industria se creó una cultura basada en el hedonismo, pero no es más que eso. No hay obra, no hay legado, no hay nada más que un montón de discos meramente funcionales y una serie de DJ supeditados a esa música”.

En el olvido quedan la cantidad de sellos, DJ y actuaciones que pasaron por Valencia, dejando tras de sí un rastro de edificios en ruinas, salvo excepciones como Barraca, que se actualizó con electrónica contemporánea —aunque ya no era algo nuevo ni rompedor—.

A pesar de que resulta difícil de encontrar, sí hay una herencia evidente de la Ruta, más cultural que musical. Salas como Metro siguen abriendo hasta el mediodía. En la misma provincia de Alicante, mucho tiempo después, Revival abría incluso todo el día —la única que lo hacía en la comunidad—. Y, por supuesto, en discotecas de todas partes y de toda índole, y también en festivales, sigue esa cultura de parkineo como fenómeno de cohesión social. Es también en la Ruta donde se empezaron a imprimir flyers de fiestas y discotecas en masa, algo que hoy sigue vigente. Aún queda mucho de aquellos años: recuerdos, hijos, fiestas remember y, sobre todo, el legado de una vanguardia musical.

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