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“El Estado aborda los casos de trata como un delito contra sus fronteras, no contra las mujeres”

Hablamos con Amelia Tiganus, superviviente de trata y activista en Femenicidio.net.

Texto y fotografías: Meritxell Rigol

El trayecto entre Alicante y Guipúzcoa fue, para Amelia Tiganus, un recorrido de cinco años de explotación con cuarenta paradas distintas, repartidas por todo el Estado. Tras sufrir reiterados episodios de violencia sexual, fue captada para prostituirse y llegó con 18 años recién cumplidos proveniente de Rumanía, uno de los principales orígenes de las mujeres explotadas sexualmente en las ciudades españolas.

“Es muy fácil que te parezca que el que te está explotando sexualmente es alguien que te quiere. A las adolescentes violadas la sociedad nos culpabiliza y estigmatiza. Te ponen la etiqueta de puta y nos volvemos carne de cañón de la trata”, explica con diez años de perspectiva.

En el proceso de recuperación, adquirir palabras y aprendizajes para situar su experiencia personal en el marco colectivo del patriarcado le ha permitido convertir su vivencia en una poderosa herramienta. Como activista, se propone remover y reconstruir consciencias frente a las violencias sexuales y contribuir, así, a evitar a otras trayectos similares al que ella ha sobrevivido.

¿Dirías que la trata es una realidad desconocida o, más bien, una ante la que solemos girar la cara?

Creo que hay una ignorancia, a veces, elegida. La gente no quiere saber más, porque saber más implica actuar, moverse de lugar. Existe un estereotipo de las mujeres víctimas de trata, una imagen de mujer engañada por una red de traficantes y explotadores, forzada y encerrada, con ataduras físicas. Estos casos existen, pero son una ínfima parte. El engaño no es solo decirle que vendrá a ejercer otro trabajo, sino engañarla en las condiciones, en el dinero y el tiempo que va a tener que ejercer la prostitución. Este fue mi caso y yo no me identificaba con una víctima de trata. ¡De hecho, las víctimas de trata me daban pena! Yo no daba “el perfil”. Había dado mi consentimiento para ejercer la prostitución, pero en el Protocolo de Palermo aparece bien claro que para considerar que una mujer es víctima de trata es suficiente con que otra persona la capte y se aproveche de una situación de vulnerabilidad para explotarla sexualmente. Cuando alguien se aprovecha de una situación de vulnerabilidad el consentimiento es nulo.

¿Cómo valorarías el abordaje de los casos de trata en el Estado?

Los casos se están abordando como una cuestión de extranjería, como un delito que tiene que ver con la protección de sus fronteras, no como un delito contra los derechos humanos de las mujeres y niñas. Es necesaria una ley integral contra la trata para garantizar la recuperación y la protección de las víctimas, cosa que el plan integral existente no hace. Es un instrumento insuficiente. No persigue el delito –considerado de lesa humanidad–, no atribuye al Estado toda su responsabilidad y sigue tratando a las víctimas como extranjeras sospechosas de algún delito.

Además, mientras que el Parlamento Europeo ha aprobado una resolución de prevención y lucha contra la trata en la que se especifica que la reducción de la demanda debe formar parte de la estrategia, el Estado español incluye en el PIB el dinero que mueve la explotación sexual. Por eso lo llamo ‘Estado proxeneta’.

Los puteros son la cara menos visible y son nuestras parejas, nuestros padres, nuestros hermanos… comparten espacio con todas nosotras

El Estado español está a la cabeza de los estados europeos en demanda de sexo de pago, según estiman algunos estudios

Tiene que ver con la normalización social de esta práctica y con la construcción de la masculinidad patriarcal. Muchas veces nos centramos en hablar de las mujeres que ejercen la prostitución y nos olvidamos de que es un sistema ‘prostitucional’ del que forman parte el mismo Estado, los proxenetas y los demandantes. Los puteros son la cara menos visible y son nuestras parejas, nuestros padres, nuestros hermanos… comparten espacio con todas nosotras. Estos hombres ejercen violencia sexual, y  cada vez desde más jóvenes. Nos tiene que importar mucho cómo tratan a otras mujeres y con qué ojos nos valoran a todas. Pagar por tener sexo con una mujer es perder totalmente de vista lo afectivo. No hablo de amor. Hablo de cuidado y de no deshumanizar.

¿Cómo crees que haría falta intervenir para reducir la demanda?

He trabajado en bastantes institutos y en alguna universidad impartiendo talleres y me parece que este trabajo de prevención es la única manera para que no entren en la industria del sexo otras niñas. No podemos, por un lado, recoger a mujeres rotas para que se reconstruyan y dejar, por el otro, que entren chicas nuevas en el mercado.

La educación tiene muchísimo que ver y hay mucho por hacer. La única manera que tienen los jóvenes de educarse sexualmente es a través del porno mainstream, un porno que deshumaniza a las mujeres. Muchas adolescentes me comentan que sus parejas quieren practicar lo que ven en el porno, y esto tiene que ver con todas las mujeres. Tenemos que cuestionar cómo se construye la sexualidad masculina patriarcal, preguntar a los hombres por qué no están dispuestos a negociar el placer con nosotras. Las adolescentes viven muchísima violencia sexual en el marco de la pareja y no tienen muy claro el tema del consentimiento. No saben si ceder a determinadas prácticas después de que el novio insista ha sido consentimiento o no. El lema “no es no” yo lo cambiaría por “si no es un sí, es un no”.

¿Qué reacciones son las más comunes ante las reflexiones que lanzas en los talleres?

Los chicos defienden que es su derecho comprar sexo y lo ven como una necesidad, como beber agua, respirar o dormir. Hay chicas que defienden el derecho a vender su cuerpo. No saben que he sido víctima de trata de los 17 y medio –cuando me empezaron a entrenar en Rumanía para ser “una buena puta” una vez en España– a los 22 años hasta la última media hora del taller. Lo hago así para no intimidarles y no segarles los pensamientos ni lo que sienten… ¡Me llaman incluso mojigata y puritana! Y cuando les explico lo que he vivido no saben dónde meterse de la vergüenza.

El derecho a decidir sobre el propio cuerpo, en el sentido más amplio, es una reivindicación feminista fundamental. Si la decisión sobre el propio cuerpo es utilizarlo como medio de subsistencia a través del trabajo sexual, ¿no es una opción que veas válida? Las voces de trabajadoras sexuales que reivindican que su trabajo sea reconocido como cualquier otro se hacen oír.

En primer lugar, habría que ver cuántas son las mujeres que lo defienden, qué nacionalidades tienen y en qué situación están. Quizás en una situación de poder tienes más margen para poder decidir. Si no dependes de esos 20 o 30 euros que puedes cobrar por tu servicio, entonces tienes más margen para poder negociar.

Creo que no se puede legislar sobre los deseos de unas pocas, cuando una gran mayoría de mujeres en situación de prostitución no quieren estar allí. Desde el feminismo no podemos dejar de cuestionar cómo se construye la masculinidad al hablar de prostitución. ¿Cómo puede ser que los hombres vayan a cerrar negocios en espacios en los que las mujeres tenemos la entrada vetada a no ser que entremos como putas? Los prostíbulos son espacios totalmente libres de feminismo.

Desde el feminismo son muchas las voces que hacen hincapié en que es importante que las políticas públicas diferencien la prostitución ejercida como opción para ganarse unos ingresos de las situaciones de explotación sexual

Si nos lo miramos desde el punto de vista de la demanda, son dos realidades que se solapan. Es muy difícil ver dónde está la línea. Por un lado, no siempre es fácil identificarse como víctima si no respondes a la imagen de “víctima perfecta” de los casos extremos de trata, los que más se ven en los medios de comunicación; y, además, la demanda de prostitución hace que existan mujeres víctimas de trata. Los hombres que consumen lo que a primera vista es prostitución libre, no saben si la mujer con la que están es prostituta porque lo ha elegido o si está siendo víctima de trata.

Lo que creo es que ninguna debería hablar por todas, y he ido conociendo mujeres con el deseo de salir y contar otra verdad, la verdad de cuando llevas un tiempo fuera de la industria del sexo.

De esta constatación surge la voluntad de articular Las resilientes ¿En qué punto está la iniciativa?

Por ahora somos 13 mujeres supervivientes de trata o que han estado en situación de prostitución y estamos dando los primeros pasitos para conseguir que las que normalmente viven en el silencio tengan voz. Tenemos que empoderarnos a nivel colectivo para poder lograrlo.

Para ti, pues, contrariamente al discurso que se esfuerza en diferenciar las situaciones de explotación sexual de las de prostitución como trabajo, ¿tanto las mujeres supervivientes de trata como las que han estado en situación de prostitución han vivido una forma de violencia machista?

El debate está muy bloqueado, y si nos centramos en esto, conseguimos que las mujeres que tienen más margen de negociación y de elegir de manera autónoma, sin terceros que intervengan, se sientan atacadas. Creo que entre las dos posturas podríamos hacer un acuerdo de mínimos. Urge exigir una ley integral contra la trata y ofrecer alternativas a las mujeres que dicen no querer ejercer la prostitución, que están en ella por una situación de vulnerabilidad. Para que el derecho a elegir sea efectivo, hay que ofrecerles oportunidades. En esto estamos todas de acuerdo.

¿Hacia dónde tendrían que ir las políticas públicas para garantizar los derechos?

Al hablar de garantizar derechos hay que ver en qué situación estamos las mujeres, ir más allá de mirarse la realidad de la prostitución y fijarnos en la feminización de la pobreza y la precariedad. Para mí, garantizar derechos es ofrecer oportunidades a las mujeres que no quieren estar ahí y que están siendo obligadas por una situación económica. Esto me parece que vulnera tus derechos humanos, porque no es lo mismo fregar escaleras sin deseo que lamer unos genitales sin deseo. El deseo es fundamental para mantener relaciones sexuales, a diferencia de para hacer otras actividades en condiciones también de mucha precariedad.

El movimiento feminista ha conseguido avanzar muchísimo en los derechos de las mujeres, pero los hombres aun no tienen intención de cambiar y vivir en igualdad. Quizás con las mujeres de su entorno, más o menos, pero no con todas en general; y, como no quieren renunciar a su masculinidad patriarcal, colonizan los cuerpos de las mujeres más pobres. Al hablar de situaciones de prostitución, estamos hablando de mujeres de países empobrecidos, explotados por los países más ricos. Lo mismo pasa con las mujeres de estos países. No puede ser que a las mujeres del sur el único sitio que nos dejen sea el lugar de la puta.

 

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