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Una caseta de la Feria del Libro de Madrid. Foto: Álvaro Minguito.

La feria de la supervivencia

La mejor forma, al menos la más sincera, de comprender qué es la Feria del Libro de Madrid es pasar veinte días en la trinchera, en esa cabeza de playa donde se produce el mayor encuentro entre lo estipulado como cultura y quien la consume.

Texto: Daniel Bernabé
Fotografía: Álvaro Minguito y David Fernández

Esto acaba como empezó: una especie de máquina en movimiento deconstruyéndose a sí misma tras un funcionamiento de dos semanas; un ejército de manos moviendo papel, toneladas de papel prensado, impreso, maquetado. La cultura, ese hecho abstracto y a veces casi místico, reducido a una actividad contable, polvorienta, enclaustrada en cartón.

La mejor forma de comprender qué es la Feria del Libro de Madrid no es leer las crónicas literarias, ni las cifras de venta, ni siquiera los artículos de sociedad de las fiestas de fin de semana. La mejor forma, al menos la más sincera, es pasar veinte días en la trinchera, en esa cabeza de playa donde se produce el mayor encuentro entre lo estipulado como cultura y quien la consume.

He explicado quién es Luisa Carnés al menos medio millar de veces, la cifra no es exagerada. Los libros no se venden solos, requieren de una ceremonia de presentación, sobre todo los que no tienen como acompañamiento la atención de una campaña de promoción previa.

La liturgia se reproduce siempre de la misma forma. La lectora (en este caso siempre son lectoras) detiene su paseo atraída magnéticamente por una cubierta, en este caso la de una mujer que, según los comentarios, parece una de las actrices de Amar en tiempos revueltos. El libro se toma, se observa y se gira. Se lee la descripción de la contra –con atención educada, como las cartas de Hacienda o los recordatorios de primera comunión– para pasar a abrir el libro, como si la observación apresurada de la mancha de tinta fuera a desvelar un carácter secreto, algún tipo de código olvidado.

Y ahí, justo ahí, es cuando el librero entra en acción, lanzándose a soltar un argumentario lo suficientemente breve para no aburrir pero lo suficientemente atractivo para que el libro destaque entre los miles que pueblan este festival de tapas en tres tintas y un diez por ciento de descuento.

¿Vale para algo la Feria?, ¿qué es ese algo?, ¿la cultura tiene que tener alguna función más que su reproducción a escala industrial?

¿Vale para algo la Feria?, ¿qué es ese algo?, ¿la cultura tiene que tener alguna función más que su reproducción a escala industrial? Si esto fuera un artículo sobre la cultura desde ese punto de vista en el que la izquierda lleva retozando desde hace unos años, la descripción, a partir de ahora, sería la de una contradicción donde se cruza una visión ideal de las necesidades políticas con un choque con las aspiraciones de cientos de casetas donde cada cual intenta colocar su producto como buenamente puede.

La realidad –esa dimensión donde lo prosaico puede a lo teórico– te muestra que la actividad literaria, al final, es poco más que la oportunidad llevada a un momento específico, donde alguien saca un billete de veinte euros que significará poco más que una cruz en una lista de ventas.

Nadie que está en la Feria puede trascender este hecho más allá de unas pocas horas, que quizá ocupen su primer día de su primera intervención. Y no sienta demasiado mal. Al final, para poder seguir vivo, esto es, editando todo aquello que no suele tener hueco en los anaqueles oficiales de la cultura como seriedad, aquí hace falta tener algo de éxito, vender, llenar bolsas, hacer muchas cruces en la caseta adecuada.

Persianas bajadas en la Feria del Libro de Madrid. Foto: David Fernández.

Es un día de diario por la mañana y la vista sigue siendo la de adentro de la caseta. Si te ha tocado en sombra –la parte izquierda según se va hacia la cuesta del Ángel–, el día será más o menos soportable. Si no, si estás en el lado de sol, más vale prevenirse contra la lipotimia de tarde, la de la chapa caliente y los toldos mandando una luz naranja más propia de una situación apocalíptica.

Pero no es el caso, este año ha habido suerte en el sorteo, que es eso que media entre la influencia de la presencia editorial y la suerte de verdad. Los niños zascandilean en ejercicios que consisten en hacer preguntas a los libreros, rellenando hojitas con ánimo dispuesto pero no demasiada atención. Algunos piden un marcapáginas. En ésas hablo con mi compañero, un tipo de Valencia enamorado de la novela negra y la cerveza fría que, a ratos, necesitamos para seguir vendiendo con cierta soltura.

“Mira –me dice mientras escruta detrás de sus gafas negras a un par de señoras paradas delante de la mesa–, esto va camino de convertirse en un encuentro editorial, porque las librerías no tienen más remedio que traer todas lo mismo, mientras que nosotros podemos enseñar aquello que en otro sitio no tendría cabida”. Y tiene razón, viendo el esfuerzo ímprobo de quienes intentan competir –con menos metros y menos presencia– con los lineales inmensos de las grandes superficies.

A él le veo vender a autores que desconozco, la mayoría latinoamericanos, que, al parecer, tienen especial maestría para unir el asesinato con el jaleo político, que en sus tierras –y las nuestras– suele estar unido cuando alguien pretende alzar la voz más de lo que está permitido.

Por otro lado, algunos libreros, ésos que parecen salidos de alguna escena de La Pesquisa de Saer, intentan burlar lo que se espera de ellos, es decir, una mesa llena de lo habitual para los lectores menos inquietos.

“Mira, yo llevo aquí desde antes de que esto fuera lo que es –dice desde el otro lado de la barrera– y este año me he vuelto a traer toda la sección de anarquismo, porque sí, porque, total, de perdidos al río”

Me encuentro con Luis, de El Buscón, un tipo que va con un sombrero y un andar que viene de cuando Madrid se desperezaba de los cuarenta años de placidez. Lleva la primera librería donde trabajé, un lugar por la Prospe, donde se mezclaban las señoras que buscaban libros infantiles para sus nietos con los profesores de filosofía.

“Mira, yo llevo aquí desde antes de que esto fuera lo que es –dice desde el otro lado de la barrera– y este año me he vuelto a traer toda la sección de anarquismo, porque sí, porque, total, de perdidos al río”. Y eso, algunos arriesgan, burlando la función principal de este lugar, que no acaba de quedar clara cuando lo heroico se impone a lo necesario.

Entre semana sales a por el café, a por la cerveza o a por el bocadillo, a uno de los bares del centro del Paseo de Coches, el espacio que queda entre las casetas donde se juntan los espacios oficiales con las acciones publicitarias de marcas de tecnología y balnearios.

Me pone el vaso una chavala dominicana, que se da maña en servir mientras canta –de vez en cuando– una letra de esas músicas que no suelo meter en el Spotify. Me cuenta que lo que peor llevan es el calor de las neveras y de andar entre los hornos donde intentan tostar unas pizzas precongeladas, pero que, por lo menos, aquí no está encerrada en el bar donde suele trabajar, cuando la llaman.

Y esto es algo que se repite en la Feria, demasiado, el qué pasará después, cuando todo se cierra y cada uno debe volver a su estado habitual de inseguridad y trabajos por días –u horas– sin nada que ver con esto de los libros.

“La Feria cansa, pero es un putadón –y me lo dice así J. un hombre de unos cincuenta y tantos que trabaja para una conocida editorial– volver a estar sin nada, en esos lunes sin firmas ni megafonía, sin clientes pesados ni reposiciones que meter antes de que llegue el de la firma”.

La trastienda de la Feria del Libro de Madrid. Foto: David Fernández.

Molesta mucho, la verdad, la queja de los escritores que se pasan un rato por aquí –o allí– y luego escriben una columna entre condescendiente y rumbosa sobre su experiencia en la Feria.

Dos horas no son batalla, tan solo el espacio para hinchar unos egos que suelen quedar mal heridos ante las figuras masivas que aparecen en televisión o en YouTube. La firma de esas décadas pasadas donde algún literato rompía las cajas registradoras es hoy casi inexistente, reducida al fenómeno pregonado por el Babelia, Belén Esteban o la de recepción –este año Patria de Aramburu– pero inalcanzable para la mayoría de columnistas de medios nacionales que languidecen, solitarios, en las tardes largas donde a lo sumo algún despistado les echa alguna foto.

La Feria es, entre otras cosas, realidad, poniendo ese universo de legitimidades inexistentes ante su espejo de popularidad. Debe de ser la posverdad –esa cosa de la que hablan rumbosos los editorialistas– o simplemente que escribir siempre lo mismo acaba aburriendo hasta a las cabras.

En la Feria, la mayoría de lectores son esa mitad de la población del Estado que lee un par de libros al año y que se acerca a este acontecimiento social con la intención de cumplir ese constructo que dice que los libros son un bien en sí mismo

Aquí da tiempo a pensar en esa lucha entre la reivindicación de lo popular como fin en sí mismo o como mero reflejo de la política que pretende intervenir y que solo se queda en el populismo de la mercancía.

En la Feria, la mayoría de lectores son esa mitad de la población del Estado que lee un par de libros al año y que se acerca a este acontecimiento social con la intención de cumplir ese constructo que dice que los libros son un bien en sí mismo.

Me acuerdo de Raquel, que me dice que trabaja para el mal –así sin adjetivos–, vendiendo libros sobre cómo triunfar en la Bolsa, las relaciones sexuales y la vida. El caso es que, a pesar de todo, resulta muy gratificante ver cómo el público se interesa por los proyectos menos comerciales, y acaba llevándose ese western de Wurlitzer que he intentado hacer más atractivo diciendo que era como llevar a David Lynch al Oeste. Espero que al menos lo disfruten acabado su paseo.

Una trabajadora de la limpieza en la Feria del Libro de Madrid. Foto: Álvaro Minguito.

Si hay dos días donde eso llamado gente toma su extensión masiva es el fin de semana central de la Feria. Ocurre para el librero un fenómeno curioso –constatado científicamente en las horas del bocadillo– que, al terminar su jornada y llegar al momento del sueño, solo ve a personas anónimas pasar por sus primeros minutos oníricos acompañadas del rumor indefinido de eso llamado gente.

Es como si todo Madrid decidiera agruparse en un momento y un lugar para ofrecer, al que está dentro de la caseta, la sensación definitiva que debe de tener el orangután en la jaula del zoo. Las que lo sufren –y este año más que los pasados– son las limpiadoras de los baños, enfrentándose a mantener en unas condiciones de salubridad mínimas unos tabernáculos de festival de música puestos en un entorno netamente familiar.

M. –una señora rubia, con la locuacidad de las modistillas barojianas– me saluda de verme a menudo y me dice que apunte bien, entre esa risa que denota complicidad pero también un cansancio de, sin duda, el trabajo más esforzado de toda la Feria. Quizá esto tenga un nivel informativo menor que los datos de venta en porcentajes y las declaraciones de las estrellas de la letra impresa, pero, qué quieren que les diga, necesitaba darle las gracias de alguna forma.

Si la Feria tiene algún tipo de personalidad, tiene que ver con el lugar donde se produce, el parque del Retiro, una zona donde el Madrid más popular se da cita con las clases, más o menos acomodadas, que circundan esta zona verde.

Sobre todo para quien se come el bajar los toldos, subir las persianas y coger las cajas de cartón esquivando a las hercúleas cucarachas que deciden escoger las casetas como Torrevieja eventual en estos días.

Mientras los días pasan –en una sucesión extraña donde todo deja de importar y el microcosmos de esta celebración se acaba apoderando de las atenciones–, las largas pausas diarias para comer son el momento idóneo para pulsar qué es lo que preocupa –no de lo literario, sino de la vida– a la gente extraña que decide dedicar su actividad a este sector.

También vale para encontrarse con la fauna nativa, este año compuesta por un azor solitario que sobrevolaba los pinos, señores con aspecto contable aficionados al cruising y algún adivinador del porvenir que, además de actor, sabe hablar cincuenta y siete idiomas.

A la Feria se va a sobrevivir y a ganar algo de dinero para pasar los meses que llegan. Lo habitual, más o menos unos mil euros, se va cambiando poco a poco por los quinientos más las comisiones

Entenderán, tras este periplo, que lo que al final acabe preocupando menos es el asunto cultural en todo esto. A la Feria se va a sobrevivir y a ganar algo de dinero para pasar los meses que llegan. Lo habitual, más o menos unos mil euros, se va cambiando poco a poco por los quinientos más las comisiones.

Lo normal es que mucha gente vaya pasando por esta pequeña ciudad eventual y no vuelva, espantada por las enormes diferencias entre la visión extendida y romántica de la literatura y la extensión comercial que requiere cualquier mecanismo comercial a gran escala.

Unos pocos, que ya nos vamos conociendo a lo largo de los años, volveremos a encontrarnos en la siguiente edición, aguantando a autores con pocas ganas de dar los buenos días, el calor o las lluvias convectivas o simplemente la indiferencia de la mayoría de personas con las que se comparte el cercanías de vuelta que ni conocen –ni tienen que conocer– esto que llamamos la Feria.

Diez por ciento de descuento, ¿quiere usted una bolsita?, sí, por supuesto que cobramos con tarjeta.

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