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El músico iraquí Hussein Rassim. Foto: Albert Masias.

‘Migration’, la banda sonora del exilio de Bagdad a Bruselas

Migration, el primer disco de Hussein Rassim, es la banda sonora del control de pasaportes a golpe de fusil, del llanto de un hijo de la guerra en la frontera. También la banda sonora de unas manos a las que agarrarse, de un chaleco salvavidas, del bombero que paró su vida para salvar la de otros en el agua, de la anciana que reparte cuencos de sopa en una isla griega.

Texto: Beatriz Ríos
Fotografía: Albert Masias

Es domingo, son las siete de la mañana de un día de agosto cualquiera y no hay ni un alma en Bruselas. Hussein Rassim (Dijala, Iraq, 1988) desciende confuso de un coche al que subió hace horas en Austria, apenas con lo puesto, ligero de equipaje. Lo primero que Hussein recuerda de la capital belga son las calles desiertas de Saint Gilles. Desorientado, camina sin rumbo hasta que da por pura casualidad con una patrulla de policía. “Deténganme”, les pide, “he entrado ilegalmente en el país”.

Hussein tiene los ojos de un azul profundo, la barba densa y larga, la risa fácil y los pantalones haciéndole equilibrio en las caderas. Huye de etiquetas y, aunque consciente de su condición de exiliado, no quiere que un estatus jurídico marque su carrera. Sin embargo, de algún modo, lo ha hecho: la primera vez que Hussein tocó un instrumento fue en un campo de refugiados en Beirut (Líbano) en 2008. Casi una década después, grabará su primer disco.

El joven iraquí –que cambió el teclado con el que empezó a tocar por el laúd– volvió en 2010 a Bagdad para estudiar música. Apenas consiguió su diploma en 2015, recogió sus cosas y se marchó a Europa.

Hussein dejó su laúd en Bagdad por miedo a perderlo durante el viaje y, nada más llegar a Bruselas, lo primero que echó en falta fue la música

Hussein dejó su laúd en Bagdad por miedo a perderlo durante el viaje y, nada más llegar a Bruselas, lo primero que echó en falta fue la música. Compartió su melancolía en Facebook y desató entonces una cadena de favores.

Un periodista de Al Jazeera, al que conoció cuando recorría la ruta de los Balcanes –relata con una sonrisa de puro agradecimiento–, movió cielo y tierra para conseguir el dinero, comprar el instrumento y mandárselo. Fue el primer laúd con el que Hussein tocó en Bélgica. El segundo lo fabricó Haider Najem, hijo de un famoso lutier iraquí, que también vive ahora en el exilio.

Hussein lleva su historia a cuestas: la muerte de sus padres en la guerra, el miedo a represalias por haber trabajado como traductor en Bagdad, las dificultades para ser músico en Iraq… Así que cierra la puerta de una habitación contigua al pasillo que otros músicos transitan en un teatro del centro de Bruselas antes de relatar su huida. Es febrero de 2016, hace apenas siete meses que Hussein llegó a la capital belga; acaba de pasar su primera entrevista como demandante de asilo en la oficina de extranjería y termina de grabar Refugees for refugees.

Fue el primer proyecto en el que se embarcó al llegar a Bélgica. Un proyecto cuyo objetivo era dar una oportunidad a músicos profesionales abocados a dejar su hogar huyendo de la persecución y la guerra, y también de financiar iniciativas para hacer frente a la crisis humanitaria del exilio.

Más tarde llegaron Arumbo, una banda con cantante española y guitarrista y saxofonista belgas que suena a rumba catalana, y Nawaris, que ha dado lugar a este disco y reúne a músicos de todo el mundo. “Tocamos juntos y hay armonía, es una bonita mezcla de culturas”, explica.

El círculo se cierra el 5 de febrero de este año. Hussein, que desde el 22 de mayo de 2016 tiene el estatus de refugiado en Bélgica, logra la financiación que necesita para terminar de grabar Migration, su primer disco.

Música para sobrevivir a la huida

Hussein desliza sus manos con suavidad sobre las cuerdas del laúd que aprieta contra su vientre, fundiéndose con la música como en un intenso abrazo. Con los ojos cerrados, balancea de un lado a otro su cabeza al ritmo de una melodía dulce que se acelera al compás de la percusión cuyo ritmo marca con gracia Said.

Los golpes graves de las cuerdas del bajo de Nicholas dan un toque de modernidad a una música que suena a raíces, a pasado, a recuerdos. Una música que envuelve la sala y golpea, sin palabras, las conciencias. “Es una combinación de jazz o balcánica mezclada con música iraquí tradicional: un arcoíris”, relata antes del concierto en el que dará el último empujón, el definitivo, a su campaña de crowdfunding para poder convertir la demo de Migration en un disco.

Hussein entiende la música como una forma de activismo. Consciente de que lanza un mensaje en cada nota, va allá donde le piden o donde él siente que tiene algo que decir y cuenta con música la historia del exilio de Bagdad a Bruselas.

“La música une a la gente. Cuando oyes una melodía, simplemente vas y escuchas. Te da igual si el que toca es español, africano o indio, disfrutas”, sentencia. “Quiero seguir usando el arte para cambiar la realidad”. Una realidad que después de tanto sufrimiento, empieza a devolverle la sonrisa.

Con este disco, Hussein trata de denunciar la terrible situación en la que se encuentran millones de personas desplazadas en el mundo pero también de celebrar la unión, la diversidad, la solidaridad

Con este disco, Hussein trata de denunciar la terrible situación en la que se encuentran millones de personas desplazadas en el mundo pero también de celebrar la unión, la diversidad, la solidaridad.

Migration es la banda sonora de la huida; de barcos de plástico que chocan contra las olas, de los golpes contra un muro, del sufrimiento y la pérdida. Es la banda sonora del barro en las cunetas, de la lluvia repiqueteando en las tiendas de la Jungla o Idomeni, la nieve en Belgrado, el fuego en Moria. Es la banda sonora del control de pasaportes a golpe de fusil, del llanto de un hijo de la guerra en la frontera. Migration es un grito de auxilio, de rabia, de pena.

Pero es también la banda sonora de unas manos a las que agarrarse, de un chaleco salvavidas, del bombero que paró su vida para salvar la de otros en el agua, de la anciana que reparte cuencos de sopa en una isla griega. Es la banda sonora de brazos abiertos y fronteras cerradas, es el fruto del exilio pero también del “ningún ser humano es ilegal”, del “Refugees welcome”.

Si hay algo que Hussein ha aprendido en el camino es que la música no entiende de color, de religión o de género, solo de almas. Por eso, Migration es una llamada a la unidad, al intercambio. Es la banda sonora del exilio, un grito de esperanza en medio del miedo.

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