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El periodista Robin Yassin Kassab. Foto: David Fernández.

“Los Estados están hoy en Siria por sus propios intereses y esto es lo que les importa, no lo que los sirios quieran”

Adentrarse en las páginas del libro País en llamas. Los sirios en la revolución y en la guerra (Capitan Swing), escrito por la activista de Derechos Humanos Leila Al Shami y el periodista Robin Yassin-Kassab, permite conocer un minucioso recorrido histórico y social en Siria, un lugar que un día fue cuna de civilizaciones y hoy está rodeado de fuego.

Texto: Fabiola Barranco
Fotografía: David Fernández

Las últimas cuatro décadas han estado marcadas por el poder en el gobierno de la familia Al Asad. En 1963 el partido del Baaz dio un golpe de Estado y en 1970 Hafez Al Asad, ministro de Defensa por aquel entonces, pasó a asumir la presidencia hasta su muerte, en junio del año 2000. Un mes más tarde, su hijo Bashar, tomó el relevo tras celebrarse un referéndum sin oposición, en el que obtuvo el 99’7% de los votos.

A pesar de algunos episodios sangrientos como la matanza de Hama y la fuerte represión hacia la oposición, tanto de izquierdas como islamistas, y los altos niveles de corrupción, en el año 2000 surgió un movimiento opositor bautizado por la prensa internacional como la Primavera de Damasco, que clamabapor  reformas políticas y sociales, como más tarde ocurriría en 2011, esta vez bajo el paraguas de la Primavera Árabe.

“Hay una larga historia en la oposición al régimen, tanto de Bashar como Hafez, con demandas muy similares, como un sistema multipartidista, la liberación de prisioneros políticos y reformas democráticas”, esboza Al Shami. Pero no fue hasta 2011, cuando aquellas exigencias del pueblo calaron porque, en palabras de Al Shami, “la gente estaba mucho más empoderada por lo que se estaba viviendo en la región, había protestas desde el norte de África y no se sentían solos y salieron a las calles. Vieron cómo caía Mubarak en Egipto, o Ben Ali en Túnez, entonces eso dio confianza en el origen de la revolución”.

De aquel brote que cosechó la insurrección desde el Mashreq hasta el Magreb, solo queda una semilla de nostalgia que, a pesar de estar siendo fumigada, sirvió para “aprender unos de otros, en esos días hubo muchísimo trabajo comunitario entre los activistas de estos países, compartiendo ideas. Fue un tiempo muy muy positivo”, dice Al Shami.

La gente se subleva cuando no puede respirar

Entre las páginas del libro, hay una frase que no deja indiferente: “La gente se subleva cuando no puede respirar”. Cuando preguntamos a sus autores qué es lo que impedía respirar al pueblo sirio, Yassin-Kassab responde recordando a Riad Al Turk, célebre intelectual comunista que pasó dos décadas en la cárcel, quien describía a la Siria pre 2011 como “el reino del silencio”.

Yassin-Kassab argumenta que “la gente no podía respirar porque no podía hablar, tenía miedo. Había demasiada represión, los medios estaban completamente bajo el control del Estado, también la cultura. Incluso los padres tenían miedo de hablar de política delante de sus hijos, por eso tenían que mentirles y decir que querían al presidente, por miedo a que sus hijos contaran algo en el colegio y sufrieran represalias”.

Pero aquel dominio que enmudecía “cambió por completo” con las primeras manifestaciones en 2011. Muchos de los sirios y sirias que Yassin-Kassab y Al Sahmi conocen, y que participaron en aquellos días de marzo hace seis años, “coinciden en que aquella experiencia fue como volver a nacer” y así, explica, fue cómo experimentaron 2una tremenda confianza en sí mismos, orgullo y fortaleza, lo que les permitió salir a las calles una y otra vez, incluso sabiendo que podían ser asesinados”.

Al Shami apunta que el impulso inicial estuvo alimentado por “la rabia que acumulaba la gente al vivir bajo la opresión”, por eso al principio “no pedían la caída del régimen, porque mucha gente tenía la esperanza de que Bashar al Asad hiciera reformas”.

Pero esa ilusión se vio truncada en el momento en el que “el ejército y las fuerzas de seguridad empezaron a matar a gente y aumentaron las cifras de fallecidos y ciudadanos arrestados, entre los que también había niños”.

Fue entonces cuando el eco desde Egipto, Túnez o Libia, aquello de “Al shaabyueedisqat al nizam” (“El pueblo quiere la caída del régimen”, en árabe) empezó a resonar en las calles sirias.

Comités locales contra el autoritarismo y la represión

Pero, ¿y ahora, se puede respirar? Como era de esperar, la respuesta no cabe en un sí o un no. Ya en el libro escriben que “en época de crisis afloran los aspectos más positivos de la naturaleza humana junto a los más negativos (…) A medida que la nación se fracturaba, las comunidades aunaron esfuerzos para sobrevivir”.

Desde el aspecto más nocivo, Yassin-Kassab cree que “todavía es muy difícil, porque el régimen y sus aliados, Rusia e Irán, controlan buena parte del país, con lo cual, en estas zonas las protestas pararon porque la mayoría de los activistas han muerto, están en prisión o huyeron”, y pone ejemplos cotidianos como la situación que viven “muchos hombres jóvenes que no salen a la calle por miedo a ser interferidos en algún puesto de control y acabar en la cárcel o ser forzados a alistarse en el ejército o en alguna milicia”.

Mientras, en las zonas controladas por el autodenominado Estado Islámico, el ambiente no es menos asfixiante ya que “la gente está aterrorizada porque cualquier desacuerdo o disidencia pública puede ser motivo de muerte”, sentencia Yassin-Kassab.

Sin embargo, el resquicio de aliento entre tanto horror, el autor lo encuentra en que “hay muchos sirios que volvieron a respirar y a hablar en 2011 y no van a dejar de hacerlo, la situación ha cambiado y no van a volver atrás”. Por eso, también cita la lucha en pueblos como Ma’arat Al-Numan en la provincia de Idlib, que está rodeado por Jabat Al Nusra, donde, el mismo día de la entrevista, los vecinos salieron a la calle para protestar contra el despotismo impuesto por esta filial de Al Qaeda en Siria.

Al Sahmi coincide con su compañero en que las condiciones que hoy acechan a Siria son “extremadamente difíciles” y añade que “no solo en las zonas del régimen o Estado Islámico, ya que también hay represión y autoritarismo de diferentes milicias y la sociedad civil es el principal objetivo”.

En la otra cara de la moneda, su diagnóstico es de “gente que se organiza para mantener algo positivo vivo”. Por eso cree que los sirios y sirias “todavía tienen esperanza y cuando las bombas cesen, trabajarán la democracia. Muchos ya lo están demostrando durante estos cinco o seis años, han dejado a un lado al Estado, creando Comités Locales de Coordinación autogestionadosy hablando por primera vez”.

Narrativa racista y mentalidad colonialista para entender Oriente desde Occidente

Pero el plano geopolítico hace sombra al humano. El país mediterráneo se ha transformado en un tablero de ajedrez, donde no son pocas las injerencias que quieren sacar rédito del drama.

“Cada Estado puede decir que va a luchar contra el terrorismo o que va a ayudar a la población, o lo que quieran decir. Pero todos ellos (los turcos, los sauditas, los catarís, los estadounidenses, los iraníes, los rusos) están hoy allí por sus propios intereses y esto es lo que les importa, no lo que los sirios quieran”, se queja Yassin-Kassab.

Es tajante en su afirmación y sin dudar un ápice de segundo, prosigue: “Tradicionalmente las políticas occidentales pactan con dictaduras, porque creen que es más sencillo obtener de los dictadores sus propios beneficios. Pero cuando tienes una sociedad en la que la gente se cuestiona cómo pueden tener más poder participativo y obtener una verdadera autodeterminación, es muy difícil para las potencias extranjeras pactar con una sociedad tan complicada.Esto no sólo ocurre en Siria. Por ejemplo, en Egipto vemos cómo occidente está encantado de pactar con Al Sisi, incluso después de la revolución, incluso siendo éste un terrible y violento dictador. O Donald Trump, que pacta con Arabia Saudí un acuerdo armamentístico multimillonario, cuando es una dictadura que bloqueó las protestas populares en Bahréin”.

Por otro lado, tanto Yassin-Kassab como Al Shami denuncian que, desde fuera del país árabe, esta visión geoestratégica acapara el interés. A esto añaden que en el exterior hay “conceptos e ideas que no se logran entender”, lo que explica por qué “el pueblo sirio es ignorado”.

“Siempre se juzga todo lo que ocurre en Oriente Medio y esa es una narrativa que se ha extendido. Los sirios no salieron a la calle un día tras otro, arriesgando sus vidas, porque alguien desde Washington les dijera que tenían que hacerlo”, dice Al Shami con un tono indignado que se mezcla con su voz dulce por naturaleza. Y continúa aclarando que esto ocurre porque “existe esa idea de que solo los occidentales blancos están capacitados para hacer Historia. Esto es parte de una narrativa muy racista, una mentalidad colonialista y algo tiene que cambiar, y tiene que cambiar desde la izquierda”.

Reconstrucción de un país en llamas

Con más de 65.000 desaparecidos, cinco millones de refugiados, ocho millones de desplazados internos, 1’5 millones de heridos y más de 300.000 víctimas mortales, la tarea de reconstruir este país en llamas se antoja complicada.

Pero las claves que ellos apuntan en esta dirección pasan por “que dejen de caer las bombas y que los grupos internacionales abandonen Siria” para crear un “ambiente seguro que permita regresar a los refugiados”, “la liberación de las más de 100.000 personas en las cárceles de Asad, que en su mayoría son miembros de la oposición, activistas, civiles, doctores” y que la ayuda humanitaria llegue “al millón de personas afectadas por el asedio que viven en condiciones de hambre”.

Al Shami recalca que es “difícil hablar de soluciones” y que “hace falta un proceso político que ha de ser real, ya hemos visto demasiado teatro”. Además, en este proceso, echa en falta a “la sociedad civil, representantes elegidos en los Comités Locales y la participación de las mujeres”, porque sin estos actores cree que “la solución será muy diferente”.

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